Fallo semafórico expone fragilidad del tráfico en A Coruña

El incidente registrado el 25 de junio en la red semafórica de A Coruña no constituye un suceso aislado, sino que revela patrones recurrentes en la gestión del tráfico urbano en ciudades medias españolas. La avería, que comenzó con el apagado total de las señales en la plaza de Ourense y derivó en un funcionamiento descoordinado, generó retenciones que alcanzaron la avenida Alfonso Molina y afectaron varios puntos estratégicos de la ciudad, desde la ronda de Nelle hasta la avenida Calvo Sotelo. Aunque la normalidad se recuperó pasadas las ocho de la mañana, el episodio invita a examinar las condiciones estructurales que hacen vulnerables estos sistemas.

La red semafórica de A Coruña se compone de más de doscientos equipos gestionados desde la sala de pantallas de la Policía Local. Este modelo centralizado, implementado hace más de quince años, depende de conexiones cableadas y software de control que no ha recibido actualizaciones significativas desde 2018. En ciudades de tamaño similar, como Vigo o Santander, se han producido fallos comparables cuando los sistemas heredados superan su ciclo de vida útil sin un plan de renovación escalonado. La ausencia de redundancia en la alimentación eléctrica y la falta de protocolos automáticos de fallback explican por qué un único punto de fallo pudo propagarse a cinco intersecciones simultáneamente.

Orígenes del problema y mantenimiento diferido

El mantenimiento de la infraestructura semafórica en A Coruña ha seguido una lógica reactiva más que preventiva. Los presupuestos municipales destinados a este capítulo han oscilado entre el 0,8 y el 1,1 por ciento del total de obras públicas durante la última década, cifras inferiores a las recomendadas por la Asociación Española de la Carretera para entornos urbanos densos. Cuando se compara con el caso de Vitoria, donde la sustitución progresiva por semáforos LED con sensores de tráfico redujo los incidentes en un 37 por ciento entre 2019 y 2024, queda patente que la inversión sostenida genera retornos medibles tanto en fluidez como en reducción de costes de intervención de emergencia.

Impacto económico en la movilidad diaria

Las retenciones provocadas por el fallo afectaron principalmente a trabajadores que acceden a la ciudad desde los municipios del área metropolitana. Según estimaciones basadas en datos del Instituto Nacional de Estadística sobre desplazamientos laborales, más de 18.000 vehículos circulan cada mañana por los ejes mencionados. Un retraso medio de 35 minutos por trayecto supone una pérdida estimada de 42.000 horas de productividad en una sola jornada. Extrapolando a nivel anual, los episodios similares que se registran entre tres y cinco veces al año podrían representar un coste superior a 1,2 millones de euros en tiempo perdido, sin contar el consumo adicional de combustible ni el impacto en el comercio local que depende de entregas puntuales.

Consecuencias ambientales y de calidad del aire

El ralentí prolongado de vehículos genera un incremento puntual de emisiones de dióxido de nitrógeno y partículas finas. Mediciones realizadas por la red de vigilancia atmosférica de Galicia en episodios análogos muestran elevaciones del 18 por ciento en los niveles de NO2 durante las horas punta. Aunque la normativa europea establece límites anuales, estos picos recurrentes dificultan el cumplimiento de los objetivos de calidad del aire fijados para 2030. Ciudades como Pontevedra, que han priorizado la sincronización semafórica y la reducción de velocidad, han logrado disminuir las emisiones de tráfico en un 12 por ciento en cinco años, demostrando que la optimización técnica puede producir beneficios ambientales tangibles sin necesidad de grandes inversiones en nuevas infraestructuras.

Efectos en la percepción de seguridad y confianza institucional

La ausencia de accidentes durante el incidente no elimina el riesgo percibido por conductores y peatones. Estudios de comportamiento realizados por la Universidad de A Coruña indican que los fallos en la señalización luminosa incrementan la ansiedad al volante y favorecen maniobras de riesgo, especialmente en rotondas y cruces complejos. A largo plazo, la repetición de estos episodios erosiona la confianza de la ciudadanía en la capacidad de las administraciones para garantizar servicios básicos. Encuestas del CIS sobre satisfacción con los servicios municipales muestran que la movilidad urbana es uno de los factores que más influyen en la valoración general de la gestión local.

Lecciones para la planificación urbana futura

El incidente de junio de 2026 subraya la necesidad de incorporar criterios de resiliencia en los contratos de mantenimiento de sistemas de tráfico. La transición hacia modelos híbridos que combinen control centralizado con nodos locales autónomos permitiría aislar fallos y mantener la operatividad básica mientras se restaura la coordinación general. Experiencias en ciudades como Bilbao, donde se ha desplegado una red de semáforos inteligentes con comunicación 5G, demuestran que la reducción de tiempos de respuesta ante averías puede pasar de horas a minutos. Para A Coruña, la integración de estos avances requeriría una planificación plurianual que vincule la renovación tecnológica con los objetivos de descarbonización del transporte y mejora de la calidad de vida urbana.

La gestión del tráfico ya no puede considerarse un servicio meramente técnico. Constituye un elemento estructural que influye en la competitividad económica, la salud pública y la cohesión social de las ciudades. El fallo registrado en A Coruña ofrece una oportunidad para revisar los criterios de inversión y mantenimiento antes de que los costes acumulados, tanto directos como indirectos, superen con creces el precio de una modernización planificada.

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