La Mercè descentraliza sus artes de calle: Barcelona convierte Glòries, el Fòrum y el Port Olímpic en nuevos laboratorios urbanos

La Mercè 2026 no solo ampliará su programación: modificará la manera en que Barcelona utiliza, presenta y disputa su espacio público durante las fiestas. Entre el 23 y el 27 de septiembre, el festival Mercè Arts de Carrer (MAC) desplegará 170 funciones gratuitas con 68 compañías y más de 200 artistas en una red que se extiende desde el Fòrum y el Port Olímpic hasta Glòries, Les Corts, Sarrià, Montjuïc, Ciutat Meridiana y el Fort Pienc. La dimensión cuantitativa es relevante, pero el dato decisivo es territorial: el Ayuntamiento intenta que La Mercè deje de concentrarse en los escenarios más reconocibles del centro y se convierta en una experiencia distribuida por los barrios.

El movimiento responde a una doble necesidad. Por un lado, existe una presión creciente sobre los espacios tradicionales de las fiestas, donde la acumulación de público, la movilidad difícil y la convivencia con residentes han convertido la gestión de grandes eventos en un problema urbano. Por otro, Barcelona necesita demostrar que las áreas renovadas o históricamente periféricas no son simples infraestructuras de paso, sino lugares capaces de producir vida ciudadana. Glòries y el Port Olímpic son los ejemplos más visibles de esta estrategia: dos espacios sometidos a procesos de transformación que ahora buscan legitimidad social mediante una programación cultural de acceso libre.

El verdadero cambio no está en el número de espectáculos, sino en el mapa

La incorporación de la plaza de les Glòries Catalanes constituye el principal símbolo de la edición. El jueves 24 de septiembre, festivo local, el MAC ocupará por primera vez la plaza renovada, todavía asociada a la transformación de una antigua rotonda viaria en un gran espacio verde y abierto. Entre las 11.00 y las 19.30 horas, hasta seis zonas de actividad articularán propuestas de circo, humor, instalación y participación familiar en el entorno de la Torre Glòries, el Disseny Hub y la Sagrada Família.

La elección de Glòries no es neutral. La plaza concentra arquitectura icónica, equipamientos culturales y una importante conectividad, pero también representa una operación urbana cuyo éxito no puede medirse solo por los metros cuadrados recuperados. La programación cultural funciona aquí como una prueba de uso: si las familias, los vecinos y los visitantes ocupan el lugar durante varias horas, el espacio gana una dimensión cotidiana que ningún proyecto de urbanización puede garantizar por sí mismo. La cultura de calle actúa, por tanto, como una herramienta de consolidación urbana.

En ese escenario, Alboroto, de la Cia. Truca Cirkus, combinará circo y flamenco, mientras que La Nova Bèstia, de Laura Morales, trasladará al espacio urbano elementos de la trashumancia, como esquilas y balas de paja. La presencia de la Orquestrina Vulpini y de las Girafes en ruta reforzará el carácter móvil de la jornada. No se trata únicamente de colocar espectáculos en una plaza, sino de generar recorridos y encuentros que obliguen al público a descubrir el espacio desde distintos puntos.

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Una fiesta internacional con una lectura local

La elección de Shanghái como ciudad invitada de honor introduce una segunda línea estratégica. Será la primera ciudad asiática en desempeñar este papel en La Mercè, y su presencia no se limitará a un intercambio protocolario. La Shanghai Acrobatic Troupe, fundada en 1951, presentará en el Parc del Fòrum Elegance of China, Splendor of Skills, un espectáculo basado en tambores, aros, diábolos y barra rusa. La Shanghai Dance School llevará al Parc de l’Estació del Nord Shanghai Rhythms in Dance, mientras que Entre arrels, de Kernel Dance Theatre, confrontará tradiciones catalana y china a través de la figura festiva del león.

El interés de esta programación reside en que combina la exhibición de una tradición escénica altamente codificada con proyectos de diálogo cultural. La instalación concebida por el estudio Run y la periodista Paloma Chen, en el Parc de la Trinitat, planteará cómo se vive y se ocupa la calle en Barcelona y Shanghái. Ese enfoque evita reducir la cultura invitada a una sucesión de números exóticos y la conecta con una cuestión común: quién puede utilizar el espacio público, con qué reglas y bajo qué imaginarios urbanos.

También existe, sin embargo, una tensión inevitable. La internacionalización incrementa el atractivo de la fiesta y puede favorecer intercambios profesionales, pero corre el riesgo de convertir la diversidad en una capa estética desligada de la comunidad china residente en Barcelona. La inclusión de actividades promovidas por esa comunidad será decisiva para determinar si la invitación produce una relación bidireccional o se limita a importar espectáculos de prestigio. En este punto, la legitimidad no dependerá únicamente del nivel artístico, sino de la capacidad de los organizadores para construir participación más allá del escenario.

El Fòrum y el Port Olímpic: de espacios infrautilizados a escaparates de ciudad

El Parc del Fòrum concentrará buena parte del circo internacional durante el fin de semana del 26 y 27 de septiembre. Perceptions, de la compañía francesa Cie. Bivouac, propondrá equilibrios alrededor de una enorme estructura metálica, una pieza que dialoga con la escala industrial y abierta del recinto. Además, el espacio acogerá una intervención escenográfica dedicada a los 50 años del circo contemporáneo catalán. Esta conmemoración aporta profundidad histórica a una zona que a menudo se identifica con grandes conciertos, congresos y eventos masivos, pero menos con una relación estable con los públicos locales.

El Fòrum ofrece ventajas logísticas evidentes: grandes superficies, menor presión sobre el tejido residencial inmediato y capacidad para albergar instalaciones de formato considerable. Su problema es precisamente el contrario: la distancia física y simbólica respecto a muchos barrios. La gratuidad no elimina por sí sola esa barrera. El coste del desplazamiento, la percepción de lejanía y la dificultad de integrar la visita en rutinas familiares pueden reducir el alcance real de la oferta. La descentralización geográfica solo será efectiva si va acompañada de transporte accesible, información clara y horarios compatibles con distintos perfiles de público.

El Port Olímpic afronta un desafío distinto. La denominada Marea de les Arts ofrecerá propuestas familiares durante el fin de semana, con Serena, de la compañía balear Circ Bover, como una de las piezas más llamativas. El espectáculo se desarrolla sobre un barco de vela latina, una imagen especialmente adecuada para un espacio marítimo que el Ayuntamiento trata de reorientar hacia usos familiares y ciudadanos después de reformar más de 20.000 metros cuadrados de espacio público y eliminar los locales de ocio nocturno que deterioraban su imagen.

La programación cultural puede contribuir a cambiar la percepción del Port Olímpic, pero también puede convertirse en un instrumento de promoción urbana. Esa ambivalencia afecta a vecinos, comerciantes, operadores turísticos y al propio consistorio. Para el gobierno municipal, las artes de calle ayudan a demostrar que la reforma ha producido un espacio abierto; para los negocios, la fiesta ofrece visibilidad y flujo de visitantes; para los residentes, la cuestión será si el nuevo uso mantiene una escala compatible con la vida cotidiana o inaugura otra fase de presión turística. El éxito del recinto no debería medirse solo por la afluencia, sino por la diversidad de quienes lo utilizan y por la continuidad de los usos fuera de los días festivos.

La cultura de calle como política de representación

Una de las claves menos visibles del programa es la variedad de discursos que atraviesan las obras. Junto al circo y la danza aparecen referencias a la crisis climática, la diversidad de identidades y la memoria LGTBIQA+. En el Parc de l’Estació del Nord, Bantús, de Sílvia Albert Sopale, plantea una celebración ritual de la identidad afrocatalana. Por la noche, Glam Canalla: Nits al Nord reunirá a Ruinosa y las Strippers de Rahola e Inka Romani, en una propuesta de tono irreverente y explícitamente alejada de la solemnidad institucional.

Este repertorio revela un cambio en la función de los festivales públicos. La Mercè ya no se limita a ofrecer entretenimiento gratuito; también opera como una plataforma de representación social. La selección artística comunica qué identidades, memorias y conflictos considera visibles la ciudad. El beneficio es claro: públicos que no siempre se reconocen en la cultura oficial pueden encontrar una puerta de entrada a la fiesta. El riesgo también: cuando los mensajes reivindicativos se incorporan a un gran programa institucional, pueden perder capacidad crítica o quedar reducidos a una marca de diversidad.

El Parc de la Trinitat ofrece otra forma de relación con el barrio. En Ignició360, Suso33 pintará un gran mural en directo mientras Núria Andorrà y Roc Mateu construyen un paisaje sonoro con registros de la zona. El proyecto vincula creación y escucha del territorio, y plantea una idea relevante para la política cultural: el barrio no debe ser únicamente un lugar donde se instala una actividad, sino una fuente de materiales, relatos y colaboradores. Esa diferencia separa la descentralización real de la simple distribución logística de escenarios.

Accesibilidad y proximidad: dos criterios que medirán el resultado

La edición incorpora señales importantes en materia de inclusión. En los Jardins Joan Maragall, Montjuïc recuperará una programación de formato pequeño y pausado, y el Palauet Albéniz reabrirá excepcionalmente tras las obras del año anterior. Fleurir les abîmes, de Claire Ducreux, será accesible para personas con discapacidad auditiva. El Ayuntamiento anuncia además medidas de accesibilidad física y sensorial, incluido un Espai Tranquil destinado a personas neurodivergentes.

Estas medidas son relevantes porque las fiestas masivas suelen estar diseñadas alrededor de un espectador implícitamente estándar: móvil, resistente al ruido, capaz de soportar multitudes y con facilidad para desplazarse. La creación de espacios tranquilos y la adaptación sensorial amplían la definición de público y pueden convertirse en una referencia para otros festivales urbanos. Pero la accesibilidad debe evaluarse de forma completa. No basta con disponer de un área tranquila si el transporte, la señalización, los baños, los itinerarios y la información previa no responden a las mismas necesidades.

La presencia de Pallassos Sense Fronteres en el Parc de l’Aqüeducte, en Ciutat Meridiana, también introduce una dimensión comunitaria. Por sexto año consecutivo, la entidad organizará una jornada solidaria por la paz con Tortell Poltrona y Pep Callau, circo, música, talleres infantiles y mesas de reflexión moderadas por Txell Feixas. El cierre de Joan Garriga i el Mariatxi Galàctic completa una propuesta que no depende tanto del impacto visual como de la continuidad de un vínculo local. En este tipo de iniciativas se juega buena parte de la credibilidad de la descentralización: la ciudadanía puede distinguir entre una actividad que llega de fuera y otra que ya forma parte de la memoria del barrio.

El impacto sobre el sector: más visibilidad, pero también más exigencia

Para las compañías de artes de calle, el MAC representa una plataforma de gran alcance y un circuito de contratación difícil de sustituir. Reunir 68 compañías, más de 200 artistas y 170 funciones permite mostrar la amplitud de un sector que trabaja con formatos muy distintos: desde grandes instalaciones hasta piezas participativas, itinerantes o adaptadas a públicos específicos. La programación también puede estimular coproducciones internacionales y reforzar la posición de Barcelona como ciudad de referencia para el circo contemporáneo.

Pero el crecimiento de la visibilidad no garantiza por sí mismo mejores condiciones profesionales. Las compañías afrontan costes de transporte, montaje, seguros, personal técnico y adaptación a espacios no convencionales. La gratuidad para el público desplaza la responsabilidad financiera hacia las administraciones y los organizadores, y obliga a vigilar que el acceso libre no se sostenga sobre honorarios insuficientes o sobre una excesiva dependencia de subvenciones. El sector necesita que la ampliación del mapa se traduzca en contratos sostenibles, no solo en más presencia mediática.

La diversidad de escenarios aumenta asimismo la complejidad operativa. Un espectáculo pensado para una plaza puede verse afectado por el ruido del tráfico, la meteorología, la iluminación, la seguridad o la circulación espontánea de espectadores. En el caso de instalaciones como Perceptions o Repte Gaudí, la protección del público y la accesibilidad requieren planificación específica. La expansión territorial multiplica las posibilidades artísticas, pero también los puntos de fallo.

El riesgo de que la descentralización produzca nuevas concentraciones

La estrategia municipal contiene una paradoja: repartir los escenarios puede aliviar la saturación del centro, pero también crear nuevos focos de aglomeración en lugares que todavía no tienen la infraestructura adecuada. Glòries, el Fòrum y el Port Olímpic poseen capacidad espacial, aunque no necesariamente absorben del mismo modo los flujos peatonales, las necesidades de descanso o la movilidad de personas con discapacidad. Les Corts y Sarrià, por su parte, recibirán las Girafes en ruta, con figuras de tres metros que recorrerán las plazas de Comas y Sarrià el 26 y el 27 de septiembre, a las 11.00 y a las 18.00 horas. Su formato familiar favorece la participación, pero precisamente por eso puede generar concentraciones rápidas y difíciles de prever.

Hay también un riesgo de desigualdad territorial. Los barrios con mejor conexión, mayor capacidad comercial o mayor atractivo turístico pueden beneficiarse más de la ampliación que aquellos donde la programación es puntual y carece de continuidad. Ciutat Meridiana y Trinitat no deberían quedar convertidas en escenarios periféricos de una fiesta cuya centralidad simbólica sigue decidiéndose en otros lugares. Para evitarlo, la evaluación tendría que incluir indicadores de procedencia del público, participación de entidades locales, impacto económico distribuido y percepción de los residentes, no solo cifras agregadas de asistencia.

La cuestión medioambiental merece atención adicional. La multiplicación de escenarios implica más desplazamientos de equipos, consumo energético, transporte de materiales y generación de residuos. Las obras que abordan la crisis climática perderían fuerza si la organización no acompaña el programa con medidas verificables de movilidad sostenible, reutilización de estructuras y reducción de residuos. En un festival de cinco días, la huella de cada instalación puede parecer limitada; a escala de decenas de sedes y cientos de funciones, deja de ser un detalle técnico.

Lo que puede anticipar esta edición

La Mercè 2026 apunta hacia un modelo de festival urbano en el que el espacio público se convierte simultáneamente en escenario, argumento político y campo de experimentación. La primera tendencia probable es la consolidación de sedes descentralizadas que, si demuestran capacidad de convocatoria y buena convivencia, podrían mantenerse en futuras ediciones. Glòries y el Port Olímpic tienen posibilidades de convertirse en espacios permanentes del mapa festivo; el Fòrum puede reforzar su perfil de gran circo internacional; y los parques de barrio pueden ganar peso como nodos de participación comunitaria.

La segunda tendencia será una mayor integración entre programación artística y políticas urbanas. La accesibilidad, la recuperación de espacios, la memoria de las comunidades y la identidad de los barrios ya no aparecen como asuntos separados del festival. Esta convergencia puede producir innovación, pero exige transparencia: cuando una fiesta pública sirve también para legitimar transformaciones urbanísticas, los ciudadanos tienen derecho a conocer qué objetivos culturales, sociales y económicos se persiguen.

El balance final dependerá menos de la espectacularidad de una acrobacia que de la capacidad de la ciudad para sostener relaciones después del evento. Si las compañías reciben condiciones profesionales justas, si la comunidad china participa más allá de la representación simbólica, si los barrios intervienen en la programación y si los nuevos espacios mantienen usos ciudadanos durante todo el año, la expansión de La Mercè habrá sido algo más que una ampliación de escenarios. Si, por el contrario, la descentralización se reduce a trasladar públicos y cámaras a zonas renovadas, el festival habrá producido una imagen renovada sin resolver las tensiones urbanas que pretendía abordar.

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