El dato divulgado por TransUnion al cierre del segundo trimestre de 2026 expone una paradoja central del sistema financiero colombiano: el 32 % de los adultos no posee historial crediticio tradicional, pero el 86 % de ese mismo grupo deja huellas verificables de pago, antigüedad y comportamiento en sectores como telecomunicaciones y comercio minorista. La brecha, por tanto, no es exclusivamente de información. Es también una brecha de lectura, de infraestructura analítica y de disposición institucional para convertir datos no bancarios en decisiones de crédito responsables.
Durante décadas, la ausencia de productos financieros formales operó como una especie de vacío reputacional. Para un banco, una persona sin tarjeta, préstamo, cuenta de crédito o experiencia reportada en las centrales de riesgo era difícil de clasificar: no necesariamente riesgosa, pero sí incierta. Esa incertidumbre tendió a resolverse con exclusión, mayores exigencias documentales, cupos reducidos o tasas más altas. El estudio plantea que esa lógica empieza a ser insuficiente en un mercado donde millones de consumidores pagan servicios móviles, financian compras en comercios, sostienen contratos de conectividad y realizan transacciones digitales con regularidad.

La primera obligación ya no suele estar en un banco
La investigación de TransUnion permite identificar una transformación relevante en la ruta de entrada al crédito. El 59 % de los consumidores inicia su vida crediticia con una empresa de telecomunicaciones y otro 22 % lo hace con compañías del sector real, particularmente comercios. En conjunto, estos dos canales concentran más de ocho de cada diez primeras obligaciones observadas. La banca tradicional no ha dejado de ser decisiva, pero ha perdido su condición de puerta inicial para una parte considerable de la población.
Esta secuencia responde a factores estructurales. Un plan de telefonía, la financiación de un equipo móvil o una compra diferida de bienes de consumo suelen requerir procesos más rápidos, montos moderados y criterios de vinculación distintos a los de un crédito bancario convencional. Para trabajadores independientes, jóvenes que empiezan su vida laboral, habitantes de zonas con baja presencia de oficinas financieras y hogares con ingresos variables, esos productos son más accesibles que un préstamo de libre inversión o una tarjeta bancaria.
El hallazgo tiene una consecuencia que puede ser subestimada: telecomunicaciones y retail ya no son solamente sectores de consumo; se han convertido en espacios de formación crediticia. Allí se construyen hábitos de pago, se prueban mecanismos de cobranza y se generan señales sobre estabilidad financiera. Casi cuatro de cada diez personas que comienzan en esos sectores abren un producto de crédito tradicional dentro de los tres años siguientes. El paso por el consumo financiado, en otras palabras, funciona como una antesala potencial de bancarización.
La información alternativa no elimina el riesgo, pero reduce la ceguera
El principal aporte del estudio no es afirmar que todos los consumidores sin historial tradicional sean buenos pagadores. Sería una conclusión imprudente. Su relevancia está en mostrar que la falta de expediente bancario no equivale a falta de evidencia. La antigüedad en telecomunicaciones, la continuidad de una relación comercial, la trayectoria de saldos y la estabilidad de pagos pueden aportar elementos para estimar la probabilidad de cumplimiento futuro.
TransUnion encontró, por ejemplo, que una mayor antigüedad en el sector de telecomunicaciones está asociada con una mayor probabilidad de buen comportamiento posterior en productos financieros tradicionales. La relación no debe confundirse con causalidad automática: mantener una línea móvil durante años no convierte por sí solo a alguien en sujeto de bajo riesgo. Sin embargo, puede reflejar permanencia residencial, continuidad de ingresos, capacidad de sostener obligaciones periódicas y menor volatilidad en su relación con proveedores.
También importa la dirección de las obligaciones. Los consumidores que redujeron sus saldos en los dos años previos a abrir un producto tradicional exhibieron patrones favorables. Es una señal más útil que una fotografía aislada de deuda. Dos personas pueden tener el mismo saldo actual, pero una puede estar amortizando de manera consistente mientras la otra aumenta obligaciones a un ritmo acelerado. El análisis de tendencias permite distinguir ambas situaciones y ofrece una lectura más dinámica del riesgo.
En sentido contrario, un mayor porcentaje de cuentas abiertas durante los últimos dos años se relaciona con mayor probabilidad de comportamiento negativo de pago. Esa observación ayuda a desmontar una idea frecuente en estrategias comerciales: que más solicitudes o más productos siempre indican una oportunidad de colocación. Una apertura intensa de cuentas puede revelar búsqueda urgente de liquidez, fragmentación de deudas o presión sobre el ingreso disponible. Para los originadores, el desafío consiste en identificar cuándo la expansión de relaciones es una señal de inclusión y cuándo es una advertencia de sobreendeudamiento.
El negocio de ampliar la base de clientes tiene límites necesarios
Para las entidades financieras, el segmento sin historial tradicional representa una oportunidad comercial evidente. En un entorno de competencia por clientes, menor crecimiento en algunos portafolios maduros y avances tecnológicos en originación digital, los datos alternativos permiten llegar a personas que antes quedaban fuera del radar. La promesa es ampliar la base de usuarios sin relajar de forma indiscriminada los estándares de riesgo.
Sin embargo, la inclusión basada en datos alternativos solo será sostenible si produce productos adecuados para la capacidad real de pago. Ofrecer un cupo pequeño no es suficiente si el costo financiero, los seguros asociados, las comisiones o la estructura de cuotas hacen inviable su cumplimiento. La primera experiencia crediticia tiene un peso desproporcionado: un producto correctamente diseñado puede abrir una trayectoria financiera; uno mal calibrado puede generar mora temprana y cerrar el acceso durante años.
Esta es una de las tensiones principales entre bancos, fintech, comercios y consumidores. Las entidades ven en la información alternativa una vía para mejorar su precisión y rentabilidad. Las compañías de telecomunicaciones y retail pueden fortalecer la fidelización y monetizar relaciones existentes. Los usuarios aspiran a crédito más accesible y menos dependiente de garantías formales. Pero todos enfrentan una pregunta incómoda: ¿quién asume el costo cuando un modelo algorítmico interpreta de manera equivocada una señal de consumo?
La respuesta no puede quedar únicamente en manos de los proveedores. Un modelo puede encontrar correlaciones estadísticamente útiles y, aun así, reproducir sesgos. La frecuencia de recargas, el tipo de dispositivo, la zona de residencia, la estabilidad de una dirección o los patrones de compra pueden estar indirectamente ligados a nivel de ingreso, edad, ruralidad o condiciones de informalidad. Si esas variables se usan sin controles, el sistema puede trasladar viejas exclusiones a una arquitectura tecnológica aparentemente objetiva.
Privacidad y explicabilidad: la discusión que acompaña al nuevo scoring
La expansión de los datos alternativos abre un debate que va más allá de la eficiencia crediticia. Los consumidores necesitan saber qué información se consulta, para qué finalidad, durante cuánto tiempo se conserva y cómo puede corregirse si contiene errores. No basta con obtener una autorización extensa y difícil de entender dentro de un contrato digital. La legitimidad del modelo depende de que el titular tenga garantías reales de conocimiento, consentimiento, rectificación y reclamación.
La preocupación es especialmente sensible en un país donde la brecha digital y la informalidad laboral siguen condicionando el acceso a servicios. Una persona que comparte una línea telefónica, cambia de operador por precio o alterna compras en distintos comercios puede generar un perfil fragmentado que no refleje su verdadera disciplina de pago. De igual modo, un retraso derivado de una caída temporal de ingresos no debería tener el mismo significado que un patrón persistente de incumplimiento. La granularidad de los datos mejora la medición, pero solo si se interpreta con contexto.
El reto regulatorio será equilibrar innovación y protección. Colombia cuenta con normas de habeas data y protección de datos personales, pero el uso creciente de analítica avanzada exige una supervisión que vaya más allá de verificar formularios de autorización. Serán cada vez más importantes las auditorías de modelos, las pruebas de sesgo, la trazabilidad de las decisiones automatizadas y la posibilidad de explicar, en un lenguaje comprensible, por qué una solicitud fue aprobada, rechazada o recibió determinadas condiciones.
La inclusión puede desplazarse hacia alianzas sectoriales
La evidencia sugiere que la próxima etapa de inclusión financiera no dependerá únicamente de abrir más oficinas, lanzar más aplicaciones o reducir los requisitos de un crédito tradicional. Probablemente se apoyará en alianzas entre bancos, fintech, operadores de telecomunicaciones, comercios, cooperativas y plataformas de pago. Cada actor observa una parte distinta de la vida económica del consumidor; la integración responsable de esas señales puede construir perfiles más completos que los basados exclusivamente en deudas bancarias previas.
Ese escenario también puede redefinir la competencia. Las entidades que insistan en evaluar a todos los solicitantes con criterios diseñados para clientes bancarizados podrían perder participación en segmentos jóvenes y de ingresos emergentes. En cambio, quienes combinen datos tradicionales y alternativos, educación financiera, productos escalonados y monitoreo temprano de riesgo podrían acompañar el ciclo de vida de un cliente desde su primera obligación hasta servicios más complejos, como crédito hipotecario, financiación empresarial o seguros.
La ventaja no estará simplemente en acumular más datos, sino en convertirlos en decisiones prudentes. Un banco con acceso a información alternativa pero sin capacidad para detectar vulnerabilidad financiera puede ampliar su cartera a costa de elevar la mora futura. Un comercio que financie agresivamente para aumentar ventas puede deteriorar la relación con sus clientes si los empuja a cuotas insostenibles. Y una fintech que automatice aprobaciones sin canales eficaces de atención puede hacer más rápida la inclusión, pero también más rápida la exclusión cuando aparece un error.
El riesgo de confundir acceso con bienestar financiero
La expansión del crédito hacia personas sin historial tradicional puede producir resultados muy distintos según el diseño de los productos y la calidad de la supervisión. La versión positiva es una economía con más personas capaces de financiar educación, conectividad, bienes durables, emprendimientos y contingencias sin recurrir a prestamistas informales. La versión negativa es una multiplicación de microobligaciones costosas, dispersas y difíciles de administrar, especialmente entre hogares con ingresos inestables.
Por eso la educación financiera mencionada por TransUnion no debe entenderse como una campaña periférica. Debe estar integrada al momento de originación: claridad sobre tasa efectiva, monto total pagado, fechas, consecuencias de la mora, mecanismos de refinanciación y posibilidad de reportar inconsistencias. Un consumidor que entiende cómo se construye su reputación crediticia tiene más herramientas para usar su primera obligación como activo de largo plazo, no como una solución inmediata que compromete su presupuesto futuro.
El 32 % de adultos sin historial crediticio tradicional revela que Colombia aún tiene una frontera amplia de exclusión, pero el 86 % con información alternativa indica que esa frontera es permeable. La cuestión decisiva no es si el mercado utilizará esos datos; la presión competitiva hace muy probable que lo haga. La cuestión es bajo qué reglas, con qué controles y con qué tipo de productos. Si la industria logra convertir señales alternativas en acceso transparente, gradual y asequible, el crédito podrá funcionar como mecanismo de movilidad. Si privilegia la velocidad de colocación sobre la capacidad de pago, la misma innovación que promete inclusión puede ampliar la vulnerabilidad financiera de millones de personas.
