Un sábado de invierno, con una sensación térmica cercana a los cinco grados, entre 45 y 50 personas se reunieron a las 18 en el Cementerio Británico de Buenos Aires. No llegaron para asistir a un funeral ni para visitar una tumba célebre de manera convencional. Fueron convocadas por Shakespeare y por una experiencia escénica dirigida e interpretada por Lautaro Vilo, que durante una hora y media convirtió el camposanto en un recorrido teatral entre sepulcros, bóvedas, esculturas y memoria histórica.
La propuesta, titulada “Shakespeare en el Cementerio Británico”, combinó fragmentos de Hamlet, Rey Lear, As You Like It, Ricardo III, Enrique IV y Macbeth con relatos sobre personalidades enterradas en la necrópolis. El resultado no fue simplemente una visita guiada con intervenciones actorales. La arquitectura, el clima, la oscuridad y la proximidad física entre el público y las tumbas funcionaron como elementos dramáticos. La muerte dejó de ser un tema representado desde la distancia y pasó a constituir el espacio mismo de la representación.

El dato central no es la obra elegida, sino el cambio de uso del patrimonio
La actividad revela una transformación más amplia en la relación entre cultura, turismo y espacios funerarios. El Cementerio Británico ya no aparece únicamente como un lugar de descanso, culto o investigación histórica. También se presenta como una institución cultural capaz de programar experiencias, atraer públicos jóvenes y resignificar un patrimonio que, fuera de estas iniciativas, corre el riesgo de quedar invisible para buena parte de la ciudad.
La escena observada ofrece varios indicios. La mayoría de los asistentes eran jóvenes y personas de mediana edad, con predominio de mujeres. Muchos se enteraron de la actividad a través de Instagram, en las cuentas @todosobreshakespeare, @lautarovilo y @britanicocementerio. Juana y Paloma, dos jóvenes de 18 años que viajaron desde Moreno, a 42 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, llegaron porque la experiencia formaba parte de un regalo de cumpleaños. Ese detalle es significativo: el cementerio deja de ser un destino asociado exclusivamente con la solemnidad y empieza a ingresar en el circuito de las salidas culturales y de los regalos experienciales.
La primera idea que surge de esta experiencia es que la innovación no depende necesariamente de incorporar tecnología sofisticada. En este caso, la principal herramienta fue una dramaturgia ajustada al sitio. Una calavera para abordar Hamlet, el Muro Memorial de las dos guerras mundiales para introducir la memoria de los muertos, una cripta vacía para hablar de As You Like It y una cruz celta para acompañar el exilio de Rey Lear. El valor agregado no estuvo en reproducir una obra completa, sino en establecer una correspondencia entre el texto y el paisaje.
De Frank Brown a Borges: una cartografía argentina de la memoria
El recorrido también funcionó como una clase alternativa de historia cultural argentina. Frente a la tumba de Frank Brown, famoso clown vinculado con los hermanos Podestá y con los orígenes del circo criollo, apareció la figura de Cecilia Grierson, primera médica argentina y descendiente de escoceses e irlandeses. Cerca de allí, el público encontró la memoria de Alexander Watson Hutton, llegado al país en 1882 y fundador, en 1893, de la Argentine Association Football League, antecedente de la actual AFA.
La caminata incorporó además a Poldy Bird, escritora que vendió más de cuatro millones de ejemplares, al fotógrafo costumbrista Samuel Boote, al empresario inglés Alfred McDougall y a la familia Kapeluz, cuyo nombre remite a manuales, cuadernos y útiles escolares presentes en la experiencia de varias generaciones de argentinos. La enumeración no es decorativa. Expone una característica del cementerio: su patrimonio no se concentra en una sola élite cultural, sino que reúne trayectorias vinculadas con la medicina, el deporte, la literatura popular, la educación, la fotografía, el espectáculo y los medios de comunicación.
En ese sentido, la experiencia desplaza la mirada habitual sobre los cementerios británicos, muchas veces asociados exclusivamente con la inmigración inglesa o con las familias de mayor poder económico. La presencia de Cecilia Grierson, de trabajadores del espectáculo como Frank Brown y de figuras de la cultura masiva permite construir una narración socialmente más amplia. El desafío consiste en que esa diversidad no quede reducida a anécdotas pronunciadas entre una parada y otra, sino que se convierta en una política sostenida de investigación, señalización y acceso público.
Hay, además, una operación interpretativa relevante. Vilo afirma que frente a los nombres de las lápidas la imaginación permite suponer cuánto vivieron esas personas, qué huella dejaron y qué vidas pudieron haber llevado. Esa lectura transforma el cementerio en un archivo abierto, aunque también plantea un límite profesional: imaginar puede despertar interés, pero investigar es lo que evita que la memoria se convierta en ficción arbitraria. La calidad de este tipo de propuestas dependerá de la combinación entre libertad artística y rigor documental.
El necroturismo crece, pero no es una moda sin consecuencias
La actividad porteña se inscribe en una tendencia internacional conocida como turismo funerario o necroturismo. En París, los cementerios de Père-Lachaise y Montparnasse reciben visitantes atraídos por tumbas como las de Jim Morrison, Julio Cortázar y César Vallejo. En Ginebra, Plainpalais conserva las sepulturas de Jorge Luis Borges y Alberto Ginastera. En España, la Ruta de Cementerios Singulares integra un circuito paneuropeo que vincula patrimonio, arquitectura, literatura e historia.
Estos casos muestran que los camposantos pueden formar parte de una economía cultural más amplia. Reciben visitas, organizan recorridos, generan empleo para guías, actores e investigadores y fortalecen la identidad de los barrios. Sin embargo, su potencial económico no debe confundirse con la lógica de un parque temático. El atractivo principal de un cementerio reside precisamente en la tensión entre acceso público y respeto por la intimidad de los muertos y sus familias.
La segunda conclusión es que el necroturismo funciona mejor cuando no vende únicamente “lugares de muerte”, sino relatos sobre sociedades enteras. La tumba de una celebridad puede atraer al visitante inicial, pero la permanencia del interés depende de la capacidad de explicar redes de inmigración, prácticas religiosas, profesiones, conflictos políticos y cambios urbanos. El Cementerio Británico tiene una oportunidad particular porque su recorrido permite vincular la historia de la comunidad angloargentina con la construcción de Buenos Aires y, a través de Shakespeare, con una tradición literaria de alcance global.
El beneficio para el sector cultural puede ser considerable. Una propuesta de 90 minutos, con un grupo de alrededor de 50 personas, demuestra que una institución patrimonial puede generar una experiencia de escala intermedia sin alterar por completo el sitio. Si la programación se repite en septiembre y octubre, y eventualmente suma funciones en inglés durante noviembre, el cementerio podría consolidar una agenda regular, diversificar ingresos y ampliar su base de visitantes.
Entre la ceremonia y el espectáculo: dónde se ubica el límite
La propuesta mantiene elementos de hospitalidad y de espectáculo: al comienzo se ofrece Hesperidina, presentada como una bebida favorita de Roberto “Polaco” Goyeneche, y al final el grupo brinda con vino rosado en la capilla, junto al catafalco decorado con una calavera, velas y flores. Esa puesta en escena busca celebrar la vida y no convertir la visita en una experiencia fúnebre convencional. Para los organizadores, el gesto puede ser una forma de integrar al público y cerrar el recorrido con una sensación de comunidad.
Pero el mismo recurso puede generar objeciones. Para algunos familiares, creyentes o responsables del patrimonio, un brindis junto a un espacio asociado con ataúdes puede parecer una banalización de la muerte. Para otros asistentes, en cambio, el rito compartido establece una continuidad entre quienes descansan allí y quienes todavía están vivos. No existe una respuesta universal: el significado depende de la comunicación previa, de las normas del lugar y del modo en que se preserve la dignidad del espacio.
También hay una discusión sobre la selección de personajes. Un recorrido que privilegia a figuras conocidas puede aumentar la asistencia, pero corre el riesgo de reproducir una historia basada en nombres ilustres. Las personas anónimas enterradas allí, las familias migrantes, los trabajadores y las minorías religiosas tienen menos posibilidades de convertirse en protagonistas. La sección conocida como “cementerio de los disidentes”, donde aparecen tumbas con estrellas de David y sepulturas de personas que no adherían al catolicismo, demuestra que existe material para ampliar la narración más allá de los personajes famosos.
El público, por su parte, también tiene intereses divergentes. Algunos buscan literatura y actuación; otros, arquitectura; otros, historia argentina o una experiencia singular para compartir en redes sociales. La programación deberá atender esa heterogeneidad sin convertir cada recorrido en una suma dispersa de estímulos. La interpretación de Vilo, apoyada en Harold Bloom y en la idea de que Shakespeare “inventó la personalidad humana”, ofrece un eje articulador: las tragedias funcionan como un muestrario de vidas y las tumbas como su contrapunto real.
La oscuridad aporta dramatismo, pero aumenta la responsabilidad
El frío y la caída de la noche fueron parte del efecto artístico. Cuando Vilo interpretó el monólogo de Hamlet con una calavera en la mano, el silencio del público se mezcló con el viento y la oscuridad. Más tarde, en la tumba de Frances “Fanny” Ann Haslam, abuela paterna de Jorge Luis Borges, el actor utilizó una linterna desde abajo para representar “Everything and Nothing”, texto publicado en El hacedor. En Macbeth, el famoso pasaje sobre la vida como una sombra ambulante provocó un aplauso conmovido.
La eficacia de esos momentos confirma otra hipótesis: el sitio específico puede producir una intensidad que una sala tradicional difícilmente reproduzca. Pero la misma condición que potencia la experiencia crea riesgos concretos. El grupo debió encender las linternas de sus celulares para evitar árboles, esculturas y desniveles. A ello se suman el frío, la circulación entre bóvedas, la posibilidad de caídas y la necesidad de garantizar que el volumen de la actividad no perturbe otros usos del cementerio.
El crecimiento de la propuesta exigirá protocolos claros: cupos máximos, iluminación segura, rutas accesibles, asistencia para personas con movilidad reducida, información meteorológica, medidas ante emergencias y criterios para suspender funciones. La accesibilidad no puede limitarse a publicar la convocatoria en redes. Un recorrido que utiliza escaleras, superficies irregulares y oscuridad puede dejar fuera a personas mayores o con discapacidad, precisamente algunos de los grupos más vinculados con la memoria familiar.
La seguridad también tiene una dimensión patrimonial. El paso de grupos numerosos cerca de lápidas, vitrales, esculturas y bóvedas puede producir daños acumulativos, aunque cada visita parezca inofensiva. La institución deberá equilibrar la apertura cultural con controles de circulación, mantenimiento y evaluación del impacto. La rentabilidad de unas pocas funciones no justificaría deteriorar los bienes que hacen atractiva la actividad.
Qué puede ocurrir después de Shakespeare
Las próximas fechas anunciadas son el 10, 17 y 24 de septiembre, y el 1, 3, 15 y 29 de octubre, siempre a las 18. Para noviembre se evalúa sumar visitas en inglés. Esa expansión puede fortalecer el perfil bilingüe del Cementerio Británico y atraer tanto a residentes extranjeros como a turistas interesados en la historia de las comunidades anglófonas en Argentina.
El futuro más prometedor no consiste en repetir indefinidamente la misma caminata, sino en construir una programación curada. Podrían desarrollarse recorridos sobre inmigración y disidencias religiosas, fotografía urbana, circo criollo, fútbol, literatura argentina o mujeres profesionales, siempre con investigadores y especialistas que acompañen la elaboración de los contenidos. Shakespeare podría ser la puerta de entrada, no el límite del proyecto.
Existe también una posibilidad de articulación con escuelas, universidades, festivales de teatro y circuitos turísticos de la ciudad. La presencia de jóvenes que llegaron desde Moreno sugiere que el público potencial no se restringe al barrio ni a la comunidad británica. Sin embargo, el costo de las entradas, el transporte nocturno y la disponibilidad de funciones en horarios accesibles serán determinantes para que la propuesta no se convierta en una experiencia cultural reservada a sectores con mayor capacidad de consumo.
El principal riesgo futuro es la estetización excesiva. Si la muerte queda convertida en un fondo visual para fotografías y publicaciones en redes, el patrimonio puede perder densidad histórica. El segundo riesgo es la dependencia de una figura artística: la potencia de Vilo sostiene buena parte de la experiencia, pero una institución necesita desarrollar equipos, archivos y formatos que sobrevivan a un solo intérprete. El tercero es la saturación: demasiadas funciones o grupos grandes podrían erosionar justamente la atmósfera de silencio y cuidado que distingue al cementerio.
La caminata entre tumbas demuestra que el patrimonio no permanece vivo por estar protegido detrás de una reja, sino por encontrar formas responsables de ser contado. En el Cementerio Británico, Shakespeare permitió que una audiencia soportara el frío para escuchar nuevamente preguntas sobre la muerte, el poder, el amor filial, el exilio y el sentido de la vida. La tarea que queda por delante es más compleja que organizar nuevas funciones: consiste en transformar esa emoción pasajera en conocimiento, memoria compartida y una relación sostenible entre la ciudad, sus muertos y quienes todavía la recorren.
