A pocas jornadas del 25.º aniversario de los atentados del 11 de septiembre de 2001, Nueva York vuelve a confrontar una herida que transformó su paisaje urbano, su política de seguridad y la vida cotidiana de miles de musulmanes. El cambio más visible está en el centro del poder: Zohran Mamdani, primer alcalde musulmán de la ciudad, representa una presencia institucional impensable durante los años posteriores a los ataques contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Pero esa imagen de integración convive con tensiones persistentes, especialmente en torno a la memoria de las víctimas, la vigilancia policial y el debate sobre Palestina.

Una generación marcada por la sospecha
Asad Dandia tenía ocho años cuando observó por televisión los atentados desde la casa de sus padres, inmigrantes paquistaníes en Nueva York. El impacto colectivo de aquella mañana, que dejó cerca de 3.000 muertos, derivó pronto en una asociación injusta entre islam y amenaza que afectó a ciudadanos, residentes e inmigrantes sin vínculo alguno con los crímenes. Dandia, hoy historiador de 33 años y guía de recorridos sobre las comunidades musulmanas de la ciudad, resume esa experiencia como una doble carga: el duelo por la tragedia y la necesidad de demostrar que también pertenece plenamente a Nueva York.
La islamofobia posterior al 11-S no fue solo una reacción social espontánea. Hubo agresiones, acoso en espacios públicos y presiones que llevaron a algunas mujeres a dejar de usar hiyab para evitar ser identificadas como musulmanas. Al mismo tiempo, las políticas federales exigieron a miles de hombres y niños registrarse ante las autoridades, un mecanismo que terminó con deportaciones. El resultado fue una comunidad sometida a una mirada de sospecha estructural, en la que la identidad religiosa podía convertirse en un factor de riesgo ante empleadores, vecinos o agentes del Estado.
La vigilancia que rompió la confianza
La experiencia de Dandia ilustra hasta qué punto la estrategia antiterrorista penetró en la vida privada de los musulmanes neoyorquinos. Cuando era universitario, entabló amistad con un joven bangladesí que se incorporó a la organización de ayuda comunitaria que él había fundado. Siete meses después, ese hombre reveló que era un informante del Departamento de Policía de Nueva York, enviado para vigilarlo a él y a su entorno. La operación no se sustentaba en acusaciones de delitos, sino en una lógica de prevención basada en la afiliación religiosa y comunitaria.
El episodio tuvo consecuencias que excedieron el caso personal. Dandia y organizaciones de derechos civiles alcanzaron un acuerdo judicial que limitó la posibilidad de que la policía neoyorquina repitiera programas de vigilancia similares e impuso un mecanismo de supervisión sobre el departamento. Para Gadier Abbas, abogado del Consejo de Relaciones Americano-Islámicas, esa política simbolizó la “histeria antimusulmana” que se instaló después de los atentados. La lección institucional es relevante: las medidas de seguridad pierden legitimidad cuando convierten a comunidades enteras en objeto de investigación sin indicios individualizados.
De la invisibilidad defensiva a la representación pública
La evolución de Nueva York en este cuarto de siglo puede medirse también en sus espacios públicos. Las plegarias musulmanas en Times Square, la expansión de mezquitas y la próxima apertura de la mayor mezquita del estado reflejan una comunidad que dejó de organizarse exclusivamente para defenderse y comenzó a reclamar visibilidad. Más de 100 mezquitas han sido construidas en la ciudad desde 2001, una cifra que revela tanto crecimiento demográfico como capacidad de organización social, financiera y religiosa.
Mohammed Razvi, paquistaní de nacimiento y fundador de una organización sin fines de lucro de apoyo a musulmanes neoyorquinos, recuerda que tras los atentados optó por presentarse como “Mo” para evitar el estigma asociado a su nombre completo. Esa decisión aparentemente menor describe una época en la que muchas personas adaptaron su lenguaje, su vestimenta o sus hábitos para reducir la hostilidad. El contraste con la actualidad no significa que la discriminación haya desaparecido, sino que la comunidad dispone ahora de redes, instituciones y referentes políticos capaces de responder a ella.
El alcalde como símbolo y como foco de disputa
La llegada de Mamdani a la alcaldía concentra esa transformación. Su juramento sobre el Corán le otorga un valor simbólico para una población musulmana que representa alrededor del 9% de los habitantes de la ciudad. También lo sitúa en una posición compleja: no solo encarna un avance de representación, sino que se ha convertido en una figura de la izquierda estadounidense por su defensa de los derechos palestinos. Algunas familias de víctimas del 11-S han pedido que no asista este año al memorial de los atentados, mientras otras han expresado su respaldo.
La controversia muestra que el aniversario sigue siendo un terreno de sensibilidad extrema, donde la memoria de las víctimas, la identidad religiosa y los desacuerdos políticos se cruzan. Reducir el debate a una disputa sobre la presencia de un alcalde musulmán equivaldría, sin embargo, a repetir la confusión que alimentó la discriminación tras 2001: atribuir responsabilidad colectiva a una comunidad diversa. La participación de Mamdani en la vida pública puede leerse, por el contrario, como una prueba de que la ciudad ha ampliado quiénes pueden representar legítimamente a sus ciudadanos.
Una integración todavía incompleta
El progreso político y cultural no elimina los riesgos de retroceso. Las crisis internacionales, la polarización electoral y los discursos que equiparan identidad musulmana con radicalismo pueden reactivar prejuicios que nunca desaparecieron por completo. La diferencia respecto a los primeros años posteriores al 11-S es que hoy existen precedentes legales contra la vigilancia indiscriminada, una infraestructura comunitaria más sólida y una presencia musulmana visible en la educación, los medios, las profesiones y el gobierno.
Dandia interpreta ese recorrido como la construcción gradual de un poder institucional y de un reconocimiento compartido: los musulmanes no son visitantes tolerados en Nueva York, sino parte constitutiva de la ciudad. A 25 años de los atentados, esa afirmación no borra el dolor ni resuelve todas las fracturas. Pero desplaza el centro de la conversación: de la sospecha colectiva hacia la ciudadanía plena, y de la reacción al miedo hacia la responsabilidad de defender una convivencia que incluya a todos los neoyorquinos.
