La suspensión del desahucio evita por ahora la salida de una pareja vulnerable de Caranza

El desahucio de Miguel Leonardo Quesada y su pareja, Mihaela, previsto este martes en el barrio ferrolano de Caranza, no llegó a ejecutarse. El juzgado atendió la petición de suspensión o aplazamiento presentada el pasado viernes y dejó sin fecha el lanzamiento de la vivienda de la avenida de Castelao en la que ambos viven desde hace aproximadamente tres años. La decisión evita de momento la salida forzosa, pero no resuelve la situación habitacional que llevó a la pareja a ocupar el inmueble.

Una suspensión sin nueva fecha

La plataforma Stop Desahucios se desplazó hasta Caranza para acompañar a la pareja y mostrar su apoyo durante la jornada en la que estaba previsto el desalojo. Tras conocer la resolución judicial, la organización comunicó que el procedimiento había quedado suspendido «sine die», es decir, sin un nuevo día fijado para su ejecución.

El aplazamiento ofrece un margen de tiempo, aunque no equivale al archivo del procedimiento ni garantiza que la pareja pueda permanecer indefinidamente en la vivienda. La diferencia es relevante: la amenaza inmediata desaparece, pero el conflicto continúa abierto y dependerá de que se encuentre una salida residencial antes de que el juzgado pueda volver a señalar el lanzamiento.

La suspensión del desahucio evita por ahora la salida de una pareja vulnerable de Caranza

La discapacidad marca el caso

Según explicó Stop Desahucios, Leonardo padece esclerosis múltiple, una enfermedad que le impide trabajar y le obliga a desplazarse en silla de ruedas. La plataforma sostiene además que no recibe ayudas de la Administración. Mihaela, por su parte, percibe el ingreso mínimo vital, con una cantidad que, según la propia pareja, ronda los 600 euros mensuales.

Esos datos convierten el desalojo en algo más que una disputa sobre la ocupación de un inmueble. La falta de ingresos suficientes, la discapacidad y la ausencia de una alternativa accesible forman un conjunto de factores que limita de manera severa las posibilidades de la pareja para acceder al mercado ordinario de alquiler. Incluso si encontraran una vivienda disponible, el coste, las condiciones exigidas y la necesidad de adaptación podrían quedar fuera de sus posibilidades reales.

La situación de Leonardo introduce también una dimensión de dependencia y vulnerabilidad que dificulta cualquier traslado improvisado. Para una persona que utiliza silla de ruedas, cambiar de vivienda no consiste únicamente en encontrar un techo: también implica comprobar la accesibilidad del edificio, la distribución del espacio y la posibilidad de mantener unas condiciones básicas de autonomía.

«La necesidad nos obligó», explica Leonardo

La pareja reconoce que entró en la vivienda sin autorización hace tres años. «A nosotros no nos gusta invadir la propiedad de nadie, pero la necesidad nos obligó a ello», afirmó Leonardo. La frase resume la tensión central del caso: el reconocimiento de los derechos del propietario convive con una situación de emergencia social que, hasta ahora, no ha encontrado respuesta suficiente en las instituciones.

Leonardo reclama ayuda a las Administraciones o a particulares para acceder a una vivienda asequible. La condición que plantea es concreta: que el alquiler pueda pagarse con los aproximadamente 600 euros que perciben a través del ingreso mínimo vital. No solicita únicamente tiempo frente al desahucio, sino una alternativa que permita abandonar la vivienda ocupada sin quedar expuestos a la calle o a un alojamiento inadecuado.

El aplazamiento traslada la urgencia a las Administraciones

Stop Desahucios pidió a las Administraciones competentes que intervengan para ofrecer una solución residencial. La reclamación parte de una premisa sencilla: si el desalojo se ejecutara sin alternativa, el problema no desaparecería, sino que cambiaría de lugar. La pareja perdería la vivienda, pero seguiría necesitando un espacio accesible y asumible con sus ingresos actuales.

El caso muestra así la distancia que puede existir entre la respuesta judicial a una ocupación y la respuesta social a una situación de vulnerabilidad. El juzgado puede suspender el lanzamiento atendiendo a las circunstancias planteadas, pero la resolución de fondo exige medidas de vivienda, servicios sociales y apoyo a la discapacidad. Sin esa coordinación, cada aplazamiento funciona como una pausa, no como una solución.

La suspensión de este martes permite ganar tiempo y evita una intervención inmediata en Caranza. La cuestión decisiva será qué ocurre durante ese intervalo: si se activa una alternativa residencial viable, la pareja podrá abandonar el inmueble en condiciones menos precarias; si no, la incertidumbre continuará y el procedimiento podría recuperar su curso. Por ahora, Leonardo y Mihaela siguen en la vivienda, mientras las organizaciones sociales reclaman que el próximo paso no sea únicamente fijar una nueva fecha de desahucio, sino garantizar antes un lugar donde puedan vivir.

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